domingo, 9 de noviembre de 2008

¿Cuándo volverá hablar Woody Allen sobre Woody Allen?

Puntual a la cita otoñal con los espectadores, el director neoyorquino estrenó el pasado mes de septiembre, la esperada “Vicky Cristina Barcelona”.

Después de su irregular trilogía londinense, el Woody Allen European Tour llegó a España, concretamente a Barcelona y Asturias, envuelto en una fuerte campaña publicitaria y mimado por productores, patrocinadores y organismos públicos (estos últimos, según diversos medios, más allá de lo que el deber hacia el servicio público cabría esperar).

La película, un repaso a todos los tópicos que cualquier americano de clase alta desearía encontrar en un viaje a la tierra de Gaudí o Leticia Ortiz, es un fiel reflejo de la última parte de su extensa filmografía: Una película tan ligera como entretenida, con un par de chistes mordaces y unos cuantos tópicos al uso, que logra entretener a los espectadores profanos en Woody Allen, al mismo tiempo que desilusiona a sus más incondicionales adeptos.

Tras una dilatada y prolífica carrera que cuenta ya con más de 40 películas a sus espaldas, el genial director parece haber emprendido el último viraje a una trayectoria no exenta de cambios de rumbo.

Si exceptuamos su experimento en “Whats up, Tigger Lily?”, desde su opera prima “Toma el dinero y corre” (1969) hasta la llegada de la celebrada “Annie Hall” (1977), encontramos al Woody Allen más desparramado. Películas con un ritmo frenético, personajes más estereotipados, chistes más recurrentes y que parte de tramas ambientadas en contextos históricos o ficticios (“La última noche de Boris Grushenko”, “El dormilón”) para tratar de buscar hallar soluciones a la vida moderna.

El primer cambio de trayectoria lo encontramos en “Annie Hall”, que supondría el reconocimiento de la crítica, e inauguraría la etapa de títulos más celebrados entre la parroquia más ultra del Sr. Allen (“Hannah y sus hermanas”, “La rosa púrpura de El Cairo” entre otras) y que se prolongaría hasta bien entrada la década de los 90. En ella, aparece un Woody Allen más personal, que no renuncia a la fantasía o al humor absurdo, pero que toma como material recurrente para sus obras la propia realidad que le rodea; Nueva York, el psicoanálisis, las relaciones de pareja...

Será en esta época donde profundizará en dos de las obsesiones que han marcado su filmografía: el sexo y la muerte.

Como corolario a esta fructífera época llegará “Desmontando a Harry” (1997) autentico testamento fílmico de una gran carrera. En ella encontramos al Woody Allen más sincero y honesto de cuantos se recuerda. A través de un descenso a los infiernos, con Billy Cristal apestando a azufre, Woody parece hallar el siempre complicado equilibrio entre su faceta como escritor y fotógrafo de la realidad que pasa ante sus ojos, y la del hombre que se esconde de la misma a través de su personaje, sin esto le que sirva de mucho ante las personas que lo rodean. No se puede ser celebridad y cotilla al mismo tiempo.

Paradójicamente, fue después de encontrar la redención con su personaje, cuando inaugura el último viraje en su trayectoria fílmica. Desde que encontrase el acomodo en una serie de productoras de corte independiente pero asociadas a grandes mayors, el trabajo de Allen no ha recuperado la frescura y la sinceridad que le recuerdan sus más acérrimos seguidores. Es una sensación un tanto extraña de explicar. En todas sus últimas películas, siempre aparecen acompañadas de buenos gags, buenos personajes e incluso buenas obras en su conjunto (“Match point”, sin duda la mejor de este periodo).

Pero incluso, en esa, y como en todas las últimas películas, se hecha algo en falta. Y es al propio Woody Allen. No al actor que unas veces hace de mago destartalado (“Scoop”), detective despistado (“La maldición del Escorpión de Jade”) o de maniático sicótico (“Todo lo demás), sino sus propias reflexiones sobre lo que ve, siente y vive. Las propias experiencias que se confunden con el personaje hasta tal punto que ya no sabes cuando te habla el actor, el que sujeta la cámara o el que escribe desde la cómoda de su habitación riéndose de todo el mundo. Como el cuarentón de “Annie Hall” que veía la pérdida de su cabello el síntoma inequívoco de que Annie no volvería y se quedaría solo para siempre, o como el lunático guionista de televisión de “Hannah y sus hermanas” que después de intentar suicidarse con una escopeta por no lograr hallar una religión que diera significado a su vida, acaba en un cine de Manhattan viendo a los Hermanos Marx y aceptado un quizás en el que colgar sus dudas sobre la vida despúes de la muerte.

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Daba igual que no fuera él quien interpretara su propio personaje, siempre podía retratarlo a través de una figura femenina como en "Otra mujer" donde se nos presentaba a una Gena Rowlands exultante en su madurez que veía como esta se hacía añicos cuando se desmoronaba la realidad virtual que había creado alrededor de sus seres más cercanos (Gena Rowlands “Otra Mujer”).

De hecho, son los personajes femeninos los que más han sufrido el silencio de Allen en sus últimas películas. Las ricas y complejas personalidades que interpretaban las Mia Farrow, Dianne Keaton o la propia Gena Rowlands, han cedido el testigo a otros personajes más planos y estereotipados y interpretados por su nueva musa: Scarlett Johansson.

A estas alturas nadie podrá discutirle al director más famoso de NY lo que es construir un buen personaje. Pero en el caso de Scarlett, cabe preguntarse si es esto lo que persigue o si realmente está tratado de llevar a cabo el sueño de un viejo verde.

Por qué, no nos engañemos, Woody Allen no es el mejor director rodando escenas de cama, por mucho que lo intente, y al parecer siempre con la misma alumna.

Después de tres películas rodadas con su neo-musa da la impresión de que si el bueno de Woody se dejará arrastrar por la vorágine cibernauta de las redes sociales (Facebook, Myspace…) y rellenará un conocido quiz que circula por las mismas, qué pregunta: ¿Qué clase de dibujo animado eres? La respuesta, probablemente, sería el Fullet Tortuga.

Constatada esta triste realidad, y aceptando que el próximo uno de diciembre cumplirá unos respetables 73 años, al seguidor más incondicional de uno de los mejores directores de la historia del cine, siempre podrá consolarse recreando escenas inolvidables que este genial personaje ha dejado para la posteridad como la de aquel chiste con el que simbolizaba el final de la relación con Annie Hall, aquel, aquel del tipo que iba al psiquiatra y le decía:

-Doctor, doctor, mi hermano está loco. Cree que es una gallina

Y el doctor responde:

-Por qué no lo mete en un manicomio.

Y el tipo responde:

-Lo haría, pero necesito los huevos.

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Gracias por los huevos Woody.

4 comentarios:

Lulabylula dijo...

Excelente...Smithers...excelente

Charles "Monty" Burns dijo...

Simpsons Eh!
No olvidaré ese nombre.

Lidón B dijo...

qué gran debut, señor burns...

Anónimo dijo...

este señor me pone de los nervios